Domenico Cimarosa, un compositor del Clasicismo

Domenico Cimarosa, un compositor del Clasicismo

Hoy se despide el primer mes del nuevo añ,o pero aún tendré tiempo para escribir en enero unas líneas sobre un compositor italiano que desarrolló su trayectoria musical en el período artístico del Clasicismo, que sigue al Barroco y sirve de preludio al Romanticismo que iba a llegar. Domenico nace en Aversa (Nápoles) en 1749, en una época en el que esta tierra ya no pertenecía a España (tras formalizarse el Tratado de Utrech de 1713), y fallece en Venecia en 1801, a la edad de 51 años.

Pese a proceder de orígenes humildes, su capacidad de aprender conmovió a su profesor de Música, el Padre Polcano, quien lo apoyó para acceder a una beca en el Instituto Musical de Santa María de Loreto, donde se formó técnicamente durante más de una década, recibiendo clases de primeras figuras de la música italiana como Piccinni (1728-1800) y Sacchini (1739-1786), ambos prestigiosos compositores de Ópera. Seguramente, por esta influencia o por su propia tendencia creativa, Cimarosa debuta en la composición con una Ópera Bufa titulada «Le Stravaganze del Conte» cuando tenía 23 años. La Ópera Bufa es un género muy típico del Nápoles del siglo XVIII que viene a diferenciarse de la Ópera convencional en que desarrolla un tema cómico. Esta primera composición tuvo buena aceptación y seguidamente estrenó, en la misma tesitura de estilo, «Le Pazzie di Stelladaura e di Zoroastro», que consolidó su fama de buen compositor por todo el país, dando el salto profesional a Roma en 1774 donde compuso una nueva Ópera Cómica «L´Italiana en Londra», y más adelante «La Ballerina Amante», representada con gran éxito en Venecia.

En los siguientes años alcanza su madurez musical trabajando en diferentes proyectos por toda la geografía italiana, si bien, entre 1784 y 1787 permaneció en Florencia escribiendo en exclusiva composiciones para su Teatro. Su arco compositivo se despliega con Óperas serias y religiosas como «Caio Mario», «Assalone», «La Giuditta y II Sacrificio D´Abramo», «II Convito di Pietra», además de incursiones en otras formas musicales como cantatas, -composición musical para coro y orquesta propia de la Música de Cámara y Sacra-, y sonatas (forma musical compuesta para uno o dos instrumentos solistas en diversos movimientos).

Su fama trasciende por toda Europa al punto de ser invitado en 1787 a San Petersburgo por la Emperatriz de Rusia Catalina II, donde permaneció durante cuatro años en labores compositivas, si bien, lamentablemente, parece que existe acuerdo entre sus biógrafos de que se desconocen buena parte de las piezas de esta época. Tras la experiencia rusa surge la invitación del emperador Leopoldo II para ir a Viena, donde alcanzó la mejor expresión de su talento creativo con «II Matrimonio Segreto», destacando también, aunque en menor medida que su obra maestra, el melodrama giocoso (juguetón) titulado «Le astuzie femminili».

En la etapa final de su vida, tras la ocupación de Nápoles por las tropas francesas, apostó por el partido liberal lo que, tras el regreso del Antiguo Régimen, le acarreó una condena de pena de muerte que pudo sustituir por la de destierro gracias a la intercesión de influyentes admiradores de su arte. Lamentablemente, su salud no le permitió disfrutar de una vida larga muriendo en Venecia al comienzo del Siglo XIX con apenas 51 años.

Éste es otro compositor cuya relación con la guitarra deriva de la transcripción de algunas de sus obras y en concreto de la Sonata IX, que recientemente he podido rescatar de un libro titulado «Pages Célébres» Transcrites Pour La Guitare, Éditions Castelle de 2001. Curiosamente, Domenico comparte protagonismo en el manual con tres grandes compositores del Barroco anterior al Clasicismo: Haendel, Bach y Albinoni (todos nacidos en el siglo XVII).

La partitura de la Sonata IX asusta un poco a la vista al utilizar fusas como «figura de infantería» de toda la composición. Sin embargo, como otras veces hemos comentado aquí, no cabe duda de que lo trascendente a efectos de velocidad es, sobre todo, el tempo de la composición, y está diseñada como Larghetto (que viene a ser más o menos lento), lo que en suma permite ejecutar las fusas como si de semicorcheas se tratase en una composición de tempo Allegro.

La obra, que tuve la oportunidad de tocarla esta misma tarde, resulta muy agradable de interpretar y responde a un nivel medio en técnica y destreza. Casi siempre -por no decir siempre- suelo aplaudir la buena impresión y calidad del formato de las partituras que comento y, si bien este libro no deja de estar perfectamente escrito, no existe la advertencia previa e imprescindible del cambio de afinación de la sexta cuerda que pasa en la obra de Mi grave a Re grave (a diferencia, por ejemplo, de la composición anterior, una Sarabanda de Haendel, danza lenta del período barroco en compás ternario, en la que sí que hace constar encima del primer pentagrama este cambio de afinación). En cualquier caso resulta muy sencillo darse cuenta cuando -aparte de las dificultades de digitación por no observar las pulsaciones correctas en conexión con las notas de la primera cuerda-, uno repara en un Re grave en la cuarta línea adicional baja que no existiría sin bajar un tono a la primera cuerda (Bordón Mi).

La obra está escrita en Si menor, con un compás binario de subdivisión binaria (4/4), con abundantes cejillas y contraste de escalas agudas con bajos graves, siendo muy común la alteración del séptimo grado (La sostenido) al concluir en la Tónica de Si, como escala menor armónica, si bien despliega alteraciones accidentales, como Re sostenido, Si Sostenido o Sol Sostenido en las subidas a la nota más próxima a distancia de semitono (es decir como si fuese para caer en una nota tónica a modo de modulaciones puntuales).

La Sonata resulta melancólica en su modalidad menor, si bien se percibe muy fácilmente el cambio modular al tono mayor de Re Mayor desde el relativo menor de Si Menor, episodio en el que, según mi punto de vista, más se evoca al Clasicismo de la época del autor, para finalmente volver al modo matriz menor que no difiere tanto de los sonidos propios del Barroco precedente.

El Clasicismo viene a extenderse desde 1750 a 1820 por lo que la trayectoria de Domenico Cimarosa y su propia vida quedan dentro de su radio artístico de influencia.

Ha sido la tuya, Dominico, una vida tan agitada como creativa en una época de grandes cambios políticos y culturales. Tu legado compositivo es amplio y diverso, y gracias a Olivier Château, -sobre el que apenas existen, infelizmente, datos biográficos-, que transcribió esta hermosa sonata, hoy podemos disfrutarla tantos y tantos guitarristas clásicos y, seguramente, eléctricos que podrán experimentar la perfecta disposición de tus notas en esta obra para mimetizarla con el artificio técnico de los sonidos del Siglo XXI. Ojalá que la si la escuchas, ¡cómo no la vas a escuchar!, la sigas sintiendo como propia.

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