Django Reinhardt, un guitarrista superior del Jazz

Django Reinhardt, un guitarrista superior del Jazz

Pues sí, la primera entrada del blog en 2020 quiero dedicarla a este músico especial de la primera mitad del siglo XX. Jean Reinhardt nace el 23 de enero de 1910 en la localidad belga de Liberchies y fallece el 16 de mayo de 1953 en territorio francés, en Samois-sur-Seine. Contaba solamente con 43 años, siendo su nombre real Jean aunque haya pasado a la posteridad con su apodo «Django». Cuando hablamos de un músico especial, bien podemos utilizar este adjetivo para unirlo a su condición de guitarrista, puesto que, como veremos, una limitación en sus dedos a consecuencia de un accidente, no pudo truncar su carrera sino que haría de esta discapacidad una habilidad diferente para convertirse en un gran intérprete.

De origen gitano, su familia se trasladó a las afueras de París cuando Jean apenas tenía ocho años, sintiéndose pronto atraído por la música, tan genética en esta raza errante y talentosa de proyección universal. Su primer instrumento fue un banjo que llegó a sus manos gracias al regalo de un vecino, que quiso darle la oportunidad de desarrollar su incipiente vocación. Y desde luego que devolvió sobradamente el valor de este regalo con un rápido y productivo aprendizaje, utilizando el oído y observando la digitación de instrumentistas de cuerda pulsada más veteranos. Nada diferente a lo que habitualmente los gitanos son capaces de hacer tan bien.

Poco tiempo después, con apenas 13 años, ya es la guitarra la que ocupa el lugar central del joven Jean y, cómo no, comienza a tocar en público, acompañando a otros instrumentistas y, en concreto, a los populares acordeonistas Guerino y Jean Vaissade, siendo con éste último con quien hace sus primeras grabaciones, con la curiosidad de que aparece como «Jiango Renard», ya que nuestro protagonista, como muchos chicos y chicas de esa época, y muy especialmente de su etnia, no había tenido la oportunidad de aprender a leer ni a escribir.

Las cosas comenzaban a marchar bien pero un desgraciado accidente estuvo a punto de dar con todo al traste: en 1928 se produce un incendio en el coche caravana que compartía con su esposa, logrando sobrevivir ambos pero Jean sufrió graves lesiones en su mano izquierda, -la que los guitarristas diestros utilizamos para fijar las posiciones y escalas en el diapasón-, además de serios daños en toda la parte derecha de su cuerpo, estando seriamente comprometida su pierna que, por su insistencia y hábiles cuidados médicos, logró salvar tras pasar postrado en una cama más de un año y medio de recuperación.

Podemos imaginar la frustración y tristeza que un chico que rondaba la veintena, lleno de vida y energía, con la sangre gitana itinerante en sus venas, podría sentir. Y además, ¿qué sería de Jean en la música cuando finalmente tuvo que aceptar que los dedos anular y meñique de la mano izquierda quedaron contraídos sobre la palma de la mano por acción del calor del incendio sobre sus tendones? Si se tratase de la mano derecha, seguramente sería más fácil trabajar la pulsación con los dedos pulgar, índice y medio, en la línea de la técnica del gran Mark Knopfler, -cuya biografía tratamos aquí: Mark Knopfler, un tipo genial (por José Ramón Paredes) y  al que nos hemos referido muchas veces-, con la salvedad de que Knopfler utiliza los dedos cuarto y quinto -anular y meñique- de la mano derecha en forma extendida para fijar la posición de esta mano, lo que el bueno de Reinhardt tampoco podía hacer ya que esos dedos estaban literalmente enrollados. Pero es que se trataba de la mano izquierda y para un diestro cambiar el rol de ambas manos, tras haber practicado tantos años en la línea propia de su tendencia natural, resultaría muy difícil, ya que no se trata de aprender una técnica solamente sino de desaprender la dominada.

La medicina tampoco ofrecía alternativas tan exitosas como en la actualidad. Merece la pena traer a colación al guitarrista clásico asturiano Manuel Paz, integrante del prestigioso cuarteto internacional de guitarras denominado «Entrequatre», que tuvo un desgraciado accidente cuando cepillaba madera lo que le costó la amputación del dedo meñique de su mano izquierda, (dedo FUNDAMENTAL en las posiciones y acordes de la música clásica); si hubiese sido el de la derecha seguramente, salvo para algún arpegio o acorde muy completo, no sería tan traumático. Pues bien, Manuel sugirió a los médicos que atendieron su desafortunado accidente que le trasplantaran su dedo meñique de la mano derecha a la izquierda mutilada, lo que se desestimó pero le dieron una alternativa alucinante: le colocaron un dedo del pie en el muñón del meñique de su mano izquierda; tras una larga rehabilitación y una fuerza de voluntad de un titán, Manuel Paz siguió tocando la guitarra clásica y ofreciendo conciertos (uno de los primeros para al equipo médico que posibilitó esta segunda oportunidad musical).

Pero volvamos a Jean Reinhardt, con apenas veinte años en los años treinta, sin músculo financiero, sería fácil tirar la toalla de seguir su carrera musical. Sin embargo, este hombre sin instrucción pero con la listeza que desarrollan sólo los que tienen que sobrevivir cada día en un entorno hostil, es capaz de ingeniar un sistema de digitación que le permitiera seguir tocando. Lo alucinante es que precisamente esta habilidad diferente, que sólo pueden gestar los que son capaces de convertir una limitación en un reto, dio lugar a un estilo propio y bien reconocible, cuyo legado, 90 años después resulta universal. Y no se conformó Reinhardt con utilizar el índice y medio de su mano izquierda dañada sino que supo sacar partido a sus dedos enrollados para fijar acordes y octavas en las dos primeras cuerdas. ¡Qué grande!

Su relación con el Jazz de Estados Unidos viene, en buena medida, mediatizada por su largo proceso de recuperación tras el accidente. Al parecer llega a sus oídos un disco del gran Louis Amstrong, titulado «Dallas Blues». Pocos años después, en 1934, tras actuar una y otra vez en tantos cafés parisinos, forma el «Quintette du Hot Club of France», con el impresionante violinista francés Stéphane Grapelli, formación que pronto obtiene una popularidad internacional gracias a las grabaciones para Ultraphone, Decca Records, (sello musical del Reino Unido creado en 1929), y HMV (abreviatura de «His Master’s Voice», también marca británica que se remonta nada menos que a 1899).

El comienzo de La Segunda Guerra Mundial, en 1939, frena abruptamente la actividad y giras del Quinteto, quedándose Django en París mientras que los otros componentes viven en Londres. No obstante, si aquel terrible accidente de juventud no pudo arrebatarle la música tampoco lo haría la contienda internacional, liderando en los años duros de la guerra una Big Band, otro quinteto y, curiosamente, como permaneció en París, nuestro protagonista asiste a su liberación y se relaciona con músicos americanos que giran por Francia, ya terminada la guerra, como Mel Powell, con el clarinetista y saxofonista Peanuts Hucko (1918-2003), o con el cantante y percusionista Ray McKinley (1910-1995), con quienes realiza varias grabaciones.

Y este prodigio de las seis cuerdas no dudó en sumergirse en la guitarra eléctrica en la segunda parte de la década de los cuarenta, llegando a actuar en Estados Unidos con la orquesta del compositor y pianista Duke Ellington (1894-1974), cuya Big Band actuó por todo el mundo con Duke a los mandos durante más de 50 años.

El estilo de Reindhardt con la guitarra eléctrica va desde sus inicios con el Swing, estilo de Jazz muy característico en la Big Band, originado en Estados Unidos a finales de los años veinte que tuvo su mayor éxito en los años treinta, caracterizado por tiempos medios y rápidos, frases musicales distinguibles y repetidas a lo largo de las composiciones: rifs melódicos, a diferencia de los solos que no se repiten, y una mayor liberación de la percusión para ejecutar secuencias antes restringidas, al Bepop, estilo jazzístico posterior, de los años cuarenta, sucesor temporal del swing, caracterizado por una individualización de la sección rítmica, tempos muy rápidos, registros agudos de los instrumentos, predominio de los solos, en definitiva, una interesante innovación en el mundo del Jazz de aquellos años.

Tengo que agradecer al músico madrileño Juanjo Zamorano, bajista de los Stormy Mondays, cuya visita inesperada una tarde de mediados de los noventa propició el nombre de nuestro grupo, que me pusiera en la pista de este extraordinario guitarrista en una época en la que solamente bebía de los licores del Rock. Sin embargo, Juanjo trajo una grabación de Django en cassette que me cautivó por su rapidez de ejecución y por la fácil traslación de su música a las escenas de muchas películas de la primera parte del Siglo XX, admiración que se multiplicó cuando supe de la historia de superación de su vida -especialmente tras el accidente-.

Esta experiencia sonora propició que en parte me interesase por el Jazz, y llegué a creer que todo era tan atractivo y fácil de oír como lo que tocaba este maravilloso gitano belga y francés de adopción. Sin embargo, pronto comprobé que no era así, asistiendo en una visita a Praga en 1996 a un concierto de Jazz en un Club de la Capital, el Reduta Jazz Club, donde había tocado el saxo el expresidente estadounidense Bill Clinton, pero aunque fue una visita interesante eché de menos algo más magnético a primer oído como lo que experimenté aquel día en el bajo comercial de mi pueblo en el que ensayábamos, y en el que a primeros de los noventa pasamos incluso, Juanjo y yo, noches enteras tocando -con guitarra española y acústica: una modesta pero apasionante Jazz session-. Ojalá que, en parte, aquellas veladas hayan contribuido una simple micra a que Juanjo Zamorano haya desarrollado una carrera musical propia con varios trabajos publicados, el último de ellos titulado «Animales Vivos», reconocido entre los mejores discos nacionales de 2019 por los equipos de GravelRoad76 y de Dirty Rock Magazine. A Juanjo Zamorano le debo, pese a ser cuatro años menor que yo, el haber descubierto a este prodigio del Jazz.

Querido Django, para muchos tu gran mérito ha sido haber revolucionado el toque de guitarra en el Jazz, cuando aún no se amplificaba, unos conceptos armónicos innovadores, además de haber contribuido al denominado Western Swing de la música Country, siendo uno de los guitarristas más influyentes en el Jazz, a la altura de los grandes artistas estadounidenses, con el aditamento de haber sido capaz de regalarnos composiciones superlativas, pese a que no sabías leer música como: «Daphne», «Nuages», «Manoir de Mes Rêves», «Minor Swing»o «Stopping at Decca», habiendo contribuido a la creación del «Gypsy Jazz», -fusión hermosa del Swing y de la tradición musical gitana-, pero, a pesar de tantos méritos y reconocimientos, lo que yo destacaría es que, aunque te repartieron malas cartas en la vida, has sabido jugarlas: la alegría y optimismo de tus melodías, tan bien entrelazadas en el ritmo, esos agudos tan bien cuidados, nada estridentes. Escucharte es vivir tu tiempo e incentivar el buen gusto por descubrir otros estilos, y recordar la primera vez que escuché una de tus interpretaciones es un feliz viaje de regreso a mi juventud, de la que tú ya formas parte.

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